¿Cuándo será tiempo de rosas?
Yo también me pregunto, ¿cuándo?
Nací una tarde de primavera
sin dios y sin estrella
Un día largo, doloroso,
donde se confundieron las risas y mi llanto.

Fruto de amor y deseo; sólo semilla.
Hijo del dolor.

Aún con ortigas, mis frutos no puedo cosecharlos,
me duele el no poder, el ser tan débil,
el no poder tenderles una mano,
me duele el ser tan poco humano.
I
Llegaron con su mensaje de amor y justicia.
Hablaban del reino de los desheredados,
de la resurrección y la vida;
de un nuevo rey y el reino prometido,
sus palabras caían en oídos receptivos.
¡¡Cristianos subversivos!!

II
Allá en palacio, el gordo rey,
rodeado de ventrudos generales,
sifilíticos nobles y nobles prostitutas,
temblaba...
Su reino y corona, podían ser arrancados
con su cabeza.

III
Los ríos crecían amenazando arrasarlo todo.
El miedo hizo surgir la orden ¡¡Matad al nazareno!!

IV
Getsemaní y la última cena.
Los doce y Jesús.
La guardia rodea el huerto, coge el fruto de María.
El gallo cantó tres veces.
Murió de amor el hijo del obrero.

V
Por cientos eran llevados al circo,
arrojados a las fieras, para deleite del rey y su corte
que gozaban al ver los cuerpos destrozados
de los que morían por su fe.

VI
Cae la noche.
Cientos entran en las catacumbas
-la clandestinidad-.
El tirano no podrá dormir
pensando en la resurrección y la vida.
Sólo el amor puede agitar banderas,
lanzarnos al viento;
correr contra la historia oficial de los tiranos,
cerrar los puños, blasfemar, gritar verdades.
Sólo la pasión puede guiarnos hacia el triunfo.
Poesía. Los paisajes de mi pueblo,
sus quebradas, valles, manantiales,
sus desoladas punas.

Sus turbulentos e impetuosos ríos,
abriéndose paso a través de las montañas,
en su constante peregrinaje al mar.

Poesía. Las calles donde transita
el común, en busca de la vida.

Poesía. Mi pueblo en huelga,
protestando por su derecho a vivir;
las barricadas, los estudiantes con piedras en la mano,
la ira en el pecho, disparando rabias.
El humo de algún vehículo que no respetó el paro.

Poesía. El alba nueva.
A Hiroshima y Nagasaki


Era una mañana soleada, las nubes habían desaparecido
dando paso a un hermoso cielo azul.
El viento, entre todos los ruidos, traía un rumor de hélices.
No era raro, aviones iban y venían en absurda guerra.

Podríamos decir que fue hermoso, podríamos hablar maravillas
de la ciencia y de los hombres que la hacen posible, pero...
¿Cómo hablar aquella mañana de la vida y la belleza?

Era un ave gigantesca precipitándose sobre su presa,
depositando un enorme, gigantesco huevo
sobre un nido inmenso y no imaginario.

La luz cegó todo...vidas, vidas, vidas.
Que era necesario, que fue...por lo que fuera;
aún nos ciega el luminoso hongo de agosto.
A Jovaldo


Pequeño zorzal, poeta de pueblo y tierra,
hoja tras hoja humanizando al hombre.
Letra a letra, palabra por palabra
devolviéndonos la voz.

Empuñaste los versos en busca de la aurora,
y una mañana desgarraron tus carnes
y al viento regaron tus escritos.

No saben poeta que no se matan los sueños,
y que el amor no muere a balas.
Nuestras manos se buscan, bebemos de nuestros labios
y de las calles nuestras brotan niños harapientos.
Eso que llamamos miseria,
se interna muy dentro y nos desgarra.

No hemos matado y la sangre en nuestras conciencias.
Nuestros cuerpos, nuestras ansias,
caballos desbocados en busca del amor.

Nos acompañan la noche, los viejos olivos,
también las penas y esta ya vieja tristeza.
Nuestros cuerpos, nuestras ansias;
aún caminas en mis sueños,
y sé que nos es tiempo de amor, tiempo de rosas.

Tiempo de rosas será...cuando la alegría,
vestida de niño, camine por nuestras calles,
cuando nuestra tierra no esté regada en sangre,
cuando de nuestro jardín la mala hierba sea arrancada
y, en él, puedan crecer nuestras mejores flores.